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Y la noche les sorprendió de nuevo

Y la luna se acercó a mirar

Y su madre las besó en la frente

Y las niñas olvidaron qué es llorar

Y el silencio invadió sus corazones

Y hasta callada quedó la noche

Pues sabían que mamá les cantaría

Aquella hermosa canción de cuna

que a soñar las llevaría

Y la nana decía así:

“Dormid, mis pequeñas, comenzad a soñar

La luna en el cielo os verá brillar

dulces voces que ahora calladas están

y que el silencio anhela volver a escuchar

Soñad con un mañana mejor

allí el viento os llevará a volar

entre grandes nubes de algodón

donde casi el sol podréis rozar

y si alguna lágrima despistada

de vuestros ojos salta sin más

que sea de pura felicidad

pues allí el dolor ya no existirá

el alba se acerca

la noche se va

vuestra madre se queda

por siempre jamás

las estrellas en la oscura noche

un camino os mostrarán

y muy atenta estará la luna

a mis ángeles en su cuna

Dormid, mis pequeñas, comenzad a soñar

no temáis, pues nada malo os asustará

y si en sueños una sombra acecha

decidle que mamá vigilando está

vigilando está desde aquel día

que dos ángeles entraron en su alma

una para quererla por siempre

la otra para amarla toda la vida

el alba se acerca

la noche se va

vuestra madre se queda

por siempre jamás.”

El día que Jordi y Helena, los padres de la guapa Arlet, le dijeron que iba a tener una hermanita, su sonrisa tocó el cielo y su mirada encendió la habitación. ¡Llevaba tanto esperando ese momento! Demasiado tiempo siendo la hermana pequeña. Ahora sería ella quien sacaría a su hermana pequeña al parque, sería sólo ella quien la pasearía en el que había sido su carrito hasta hacía pocos meses, y por supuesto sería ella, únicamente ella, quien la cubriría cada noche en la cuna con más besos que sábanas. Pero el día que sus padres le dijeron a Arlet que en vez de una hermanita, iban a ser dos, la pequeña no supo cómo reaccionar.
– Pero mamá- acertó a decir –¿tú crees que voy a ser capaz de quererlas a ellas tanto como os quiero a vosotros?
Helena, con esa mezcla de ternura y comprensión que solo una madre es capaz de mostrar en la misma mirada, sonrió y tomó, con todo el cariño del mundo, la minúscula mano de su hija. La jovencita Arlet necesitaba una respuesta acorde a su pregunta, y se le ocurrió algo.
-Verás cariño, hagamos lo siguiente. Pon tu cabeza en mi barriga y espera unos minutos. Dicen que si eres capaz de escuchar los latidos del pequeño corazón del bebé se creará un vínculo de amor entre vosotras que durará toda la vida. Pero has de saber escuchar. La mayoría de la gente sólo escucha con sus oídos, pero lo más importante en la vida, lo que realmente tiene valor y perdurará por más tiempo, ha de escucharse con el corazón… ¿qué te parece? ¿quieres intentarlo?
Arlet, con sus enormes ojos abiertos de par en par, asintió con su pequeña cabeza sin decir palabra, mientras la acostaba en la barriga de su mamá, con sumo cuidado… y esperó.
El silencio se apoderó de la estancia y durante unos segundos que parecieron horas, Helena comenzó a arrepentirse de haberle contado esa historia a su pequeña. Pero entonces sucedió. El rítmico pum pum de los dos pequeños corazones que latían en el interior de Helena se hizo evidente en el rostro de Arlet. Fue en ese preciso momento, con su cabeza recostada en la de su madre, escuchando más con su corazón que con sus orejas -como mamá le había enseñado-, e imaginando cuánto iba a querer a sus nuevas hermanitas -Helena y Amanda- cuando supo que mamá, como siempre, tenía razón, y que ese vínculo que se acababa de forjar entre ellas, iba a durar el resto de sus vidas.
Y Arlet comenzó a hablar con ellas a través de su imaginación, como únicamente saben hacer los niños. Y les dijo que no temieran nada cuando llegaran al mundo, pues ella se encargaría de que entraran en el suyo. Y allí nada las podría lastimar, pues ella decidía lo que entraba en él. Estaban papá y mamá, claro, su hermana Adelaida y algún que otro amigo imaginario que de vez en cuando la visitaba. Pero para sus dos hermanitas les estaba reservando un sitio especial, el mejor y el más maravilloso lugar que podrían imaginar, donde las cuidaría como las princesas que iban a ser y serían felices por siempre jamás. Y la luna y las estrellas bajarían cada noche para verlas jugar antes de irse a soñar, como decía la nana que su madre le cantaba cuando era ella la pequeña princesa. Y hasta las estrellas fugaces viajarían lentamente por el cielo para que pudieran contemplarlas en todo su esplendor y darles tiempo para pedir un deseo. Pero, ¿qué desear cuando se es tan feliz? Quizá que el tiempo se detenga y que nada ni nadie estropee esos momentos maravillosos, como aquel, en el que Arlet seguiría soñando despierta con la inminente llegada de las pequeñas princesas a su mundo, con la cabecita apoyada en la barriga de mamá y con la seguridad de que la vida, a partir de entonces, iba a ser una aventura extraordinaria.

 

Y llegó el día tan temido por ella. Pero no por esperado fue menos doloroso. El día en que aquella mano que tantas veces había acariciado su alma rodeó la suya con tanta fuerza y violencia que paralizó por completo todo su cuerpo. Le hacía daño, de todas las maneras imaginables en las que un hombre puede herir a una mujer. ¡Ojalá el tiempo se hubiera detenido en aquel instante! Quizá así no hubiera sentido la sangre correr asustada por sus venas, queriendo escapar de aquel que un día le prometió vivir la más bonita eternidad juntos.

Hasta ese día, ella soñaba cada noche con un mañana mejor, pero esos sueños se diluían con las primeras luces del alba, cuando sus miradas se cruzaban distraídas al despertar, antes de emprender sus rutinarias existencias, y ya nada le indicaba que esos sueños se harían realidad. Tantos años queriendo volar a su lado, ignorando que sus alas se habían quedado en el camino. Y pensó en qué preciso momento de su vida había renunciado a sus propios sueños, a su propia sonrisa, a la música, al baile… cómo ese amor que un día les hizo indestructibles e inmortales se había convertido en abandono e indiferencia. Ella lo había amado con todo su corazón y estaba convencida de que nadie podría separarlos jamás. Olvidó que, aunque el amor es cosa de dos, el odio sólo necesita a uno para arruinar lo que el cariño, el tesón y la amistad construyeron durante largo tiempo. Su amor los había llevado lejos, pero olvidó ir echando migas de pan, pues ignoraba que, demasiado a menudo, los caminos que te llevan tan lejos son, irremediablemente, de ida y vuelta.

Esta fotografía forma parte de una exposición inspirada en la obra de la poeta Renée Vivien. La podéis encontrar, junto a otras, en los Cinemes Truffaut de Girona, desde el 25 de enero hasta el 11 de febrero.

A continuación, os dejamos el poema que inspiró a Jocabed Puerto a realizar la fotografía.



GRITO

Tus pupilas azules, tus entornados párpados,
encubren un fulgor de confusas traiciones.
La emanación violenta, maligna de esas rosas
me embriaga como vino donde duermen venenos.

A la hora en que danzan, dementes, las luciérnagas,
y asoma a nuestros ojos el brillo del deseo.
En vano me repites las palabras de halago,
y te odio y te amo abominablemente.

 

 
 

¡Veintiséis años a tu vera!

Media existencia tuteando a la felicidad. Tú, garabateando y puliendo a tus anchas esa eterna sonrisa que ha conquistado el lienzo de mi ser, sin importar que tachen de rutina y monotonía esto tan nuestro. Yo, reteniéndote cada mañana en nuestro lecho, secuestrándote entre mis cálidos brazos en días melancólicos y batallando contra tu mirada en una guerra cuya única arma es el amor. Fechas señaladas que nos hacen olvidar que hay vida fuera de nuestra cama.

Reconozco que al principio pensé, ingenuo de mí, que el tiempo se detendría y nos permitiría cumplir todos nuestros sueños, aquellos que forjamos despiertos, pero no fue así. Primer error. Estaba claro que me equivoqué. Luego soñé con que nuestro tiempo iba a ser eterno… pero alguien me avisó que eso jamás sucedería. De nuevo me equivocaba. Al parecer, el control del tiempo nunca ha sido mi fuerte. No obstante y, aun a riesgo de cometer el tercero, aquí me tienes hoy, arrodillado ante ti, enamorado como el primer día, entregado por completo a nuestra causa.

He aprendido que el tiempo no se detuvo para vernos reír, y quizá tampoco nos regale la eternidad para vernos volar. Pero te aseguro algo: lo que me resta sobre la faz de la tierra seguiré entregándote lo más valioso que poseo… él, mi mayor maestro. Y es preciado por ti, porque siempre serás las manecillas que marques mis horas y la ruedecilla que dé cuerda a la locura de mis sentidos.

Espero que este antiguo reloj, que en su momento marcó los pasos de alguien muy amado, te sirva como recuerdo de que, aunque quizá el tiempo prosiga egoísta su curso sin reparar en nosotros, prometo que cada instante de nuestro viaje seguirá siendo una aventura maravillosa repleta de humor, comprensión, confianza y amor.

Y si algún día se nos hace breve… siempre nos quedará la noche.

Y si alguna noche se marcha fugaz… siempre nos quedará la madrugada.

El tiempo puede esperar.

 
 

Sólo cierra los ojos y déjate llevar.
A un lugar no muy lejos de aquí, donde ni banderas ni fronteras dividan a la gente, y todos hablan –y escuchan- el mismo idioma. Donde todos ríen, cantan y bailan…. donde todos besan, abrazan y aman…. y olvidan aquello que olvidaron recordar. Donde nadie pregunta de dónde venimos, acaso si pueden acompañarnos el resto del camino.
A un lugar donde la gente no aspira a cumplir sus sueños, pues su vida presente es la realización de sus sueños antiguos… y aquello con lo que en el pasado soñaron es lo que ahora en el presente disfrutan. Allí la música conquista corazones e invade las almas de aquellos que tan solo se lo permiten. Tus tiernos ojos tendrán que acostumbrase a tanta belleza, a descubrir colores y matices desconocidos hasta entonces, que tiñen de fantasía cada rincón. Podrás correr tras las mágicas luces que en cascada se derraman del firmamento, como si el cielo mismo quisiera regalar su belleza y perfección a ese lugar. El agua de los lagos será tan nítida que en las noches de luna llena el cielo centelleante se reflejará en ellos y por fin podremos bañarnos con las estrellas, como siempre hemos querido. En ese lugar, hasta los animales jugarán contigo, logrando con sus mil travesuras que tu rostro esboce una sonrisa. No te apenes si alguna lágrima ves caer de mis ojos. No serán de tristeza, pues habrá palabras que ya no existirán jamás, y esa será una de ellas.
Será un lugar donde poder protegernos, pues nada habrá que logre dañarnos. Donde poder perdernos, para siempre encontrarnos.
Ese lugar está cerca, mucho más de lo que imaginas, así que cuando me preguntes inquieto si falta mucho, mi mano en la tuya sabrá responderte, junto a mi voz calmada que te dirá: “estamos llegando”.
Sólo cierra los ojos y déjate llevar.
 
 
 

El anciano abrió el cajón y miles de recuerdos olvidados por el tiempo cobraron vida en las siguientes horas. La primera vez que la sonrisa de ella casi desmontó su antigua Zeiss, o aquella vez en la que la más hermosa y colorida puesta de sol quedó reflejada por siempre en un papel, aunque su cámara aún ignorara la existencia de los colores.

Mientras su mano temblorosa me narraba medio siglo de historias veladas tras el papel, entendí que mi vida estaría por siempre ligada a la fotografía como la de aquel anciano a sus recuerdos.