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(La fotografía que sirve de inspiración a este texto muestra a la cantante Beth en una de sus últimas actuaciones. Queríamos hacerle un humilde homenaje pues, aunque como artista nadie duda de la sensibilidad y emotividad con las que interpreta sus canciones, como persona nos ha demostrado ser aún más encantadora si cabe).

 
 
 

Cuando los caminos del viento se pierden en tu interior,

y despiertan al duende de la música que en ti se esconde,

cuando, con suaves cadencias engalanas la poesía

y resuena en mi corazón la más sublime melodía.

Cuando mis manos acarician

las doradas cuerdas que visten tu cuerpo desnudo

cuando mis brazos y mi alma te rodean

aunados en una sola sinfonía.

Cuando ante ti inclino la cabeza

en señal de profunda reverencia

y aquello que el silencio callaba

se torna en hermosa presencia.

Allá vas, guitarra, en busca de suspiros, sollozos y lamentos

sin saber que a ti acuden los más perfectos sentimientos.

 
 
 

Quan els camins del vent es perden en el teu interior,

i desperten al follet de la música que en tu s’amaga,

quan, amb suaus cadències engalanes la poesia

i ressona en el meu cor la més sublim melodia.

Quan les meves mans acaricien

les orades cordes que vesteixen el teu cos nu

quan els meus braços i la meva ànima t’envolten

plegats en una sola simfonia.

Quan davant teu inclino el

cap en senyal de profunda reverència

i allò que el silenci callava

es torna en bella presència.

Allà vas, guitarra, a la recerca de sospirs, plors i laments

sense saber que a tu acudeixen els més perfectes sentiments.

 

Un año ya desde que la radiante luz que irradias comenzara a declararse a través de mis manos. Confieso que en un principio pensé que con caducas palabras sería imposible trasmitir la magia y belleza de tu mundo en todo su esplendor, pero otra vez me equivoqué, pues aquí estamos, un año después, tú, yo, un puñado de fotografías y miles de palabras que abandonaron sus trazos sencillos y planos para perderse orgullosas, quién sabe dónde.

Me sorprende tu manera de retratar el mundo real e imaginar uno más perfecto: aquel en dónde los niños te regalan su más pura e inocente sonrisa; aquel en el que extraes del cielo los más increíbles colores matizando el vuelo de una gaviota; un mundo donde inmortalizas el amor pasado y presente de dos enamorados, hundidos en la dorada arena que sólo el atardecer sabe pintar; o en el que muestras al mundo el maravilloso legado de un anciano que se ocultó en vida tras el objetivo de una cámara de fotos. Al parecer, el mundo es mucho más hermoso desde ahí atrás.

Y el tiempo sigue, y tú seguirás dibujando luz con tus inquietos ojos y yo seguiré lanzando palabras al viento intentando que alguna acierte a expresar la beldad de tu universo. Y aunque el tiempo y las palabras se nos vayan de las manos, te aseguro que la belleza quedará por siempre reflejada en la retina de quien la disfruta y el corazón de quien la siente.

Tengo mil razones para perderme en la ciudad esta noche, pues la noche pertenece a los enamorados. Y, aunque hoy hace justo un año que tus ingratos pasos te alejaron de mí, sigo eligiendo la noche… aunque tú lo eligieras a él.

Porque las lágrimas se disimulan mejor con la oscuridad, y si además el cielo me brinda una mano y me bendice con un aguacero, mi llanto se mezclará con el de los ángeles. Quién sabe, quizá así sea más soportable el dolor.

Porque la luna es la única testigo de mi sentir, y sé que no me preguntará cómo demonios estoy ni qué pienso hacer con los mil pedazos de vida que dejaste tras de ti.

Porque mis pasos no sabrán encontrar tu rastro en la oscuridad, aunque ese rastro me atraviesa de arriba a abajo y tenga el cuerpo cubierto por miles de abrazos y besos que olvidaste facturar en tu huida.

Porque mis ojos no te buscarán esta noche, ni mis oídos te oirán esta noche, ni mis sentidos te sentirán esta noche. Porque la noche trae consigo el olvido, y el olvido me lleva lejos de ti.

Y entonces, cuando las luces del alba broten tras los rascacielos, recordaré afligido que sigo estando completamente perdido sin ti, y solo me restará cobijarme, otro día más, hasta que el ocaso traiga la oscuridad y los últimos rayos de sol se lleven tu recuerdo… una noche más.

– Jamás imaginé que pudiera llevar mi vida entera en una maleta tan pequeña – la madre esbozó una sonrisa que iluminó su hermoso rostro y parte de la habitación.

– A mis ojos, todo lo que me rodea es un emocionante viaje, mamá, y más aún si es contigo – el pequeño asomaba su pequeño cuerpecito por aquella maleta que había acompañado a la familia durante tantos años.

– El amor quizá mueva el mundo, o al menos eso dicen. Pero tenerte a ti de equipaje me impulsa a quererte como nadie lo hará jamás en tu vida.

– Tú ya te has convertido en mi vida.

– Has de saber, hijo mío, que desde hace miles de años, existe una norma en el mundo de los sueños. Tan solo una vez les está permitido abandonarlo para transformarse en una preciosa realidad. Para mí, eso ocurrió el día en que naciste.

 De este modo, madre e hijo pasaron horas reflejándose en las pupilas del otro, susurrándose aquel tierno diálogo, sin pronunciar palabra alguna.

 
 
 
 

Si quieren conocer el origen de esta bonita historia, les recomendamos leer la entrada anterior.

Recuerdo perfectamente el día en que nos conocimos. Tú estabas feliz porque habías encontrado aquel vestido… yo estaba feliz porque te encontré a ti. Ahora que ha pasado el tiempo, debo confesarte algo. Aquel mágico encuentro en ese mercadillo de ropa al que aún hoy te gusta ir, no fue casual. Ya eres mayorcita para saber que las casualidades no existen, al menos en esto del amor.

Yo estaba sentado al fondo de la sala, bebiendo cerveza y con la cámara colgada al cuello esperando la inspiración adecuada para empezar a trabajar.Y entonces, entraste tú… en la sala, en mi vida, en mi corazón. Mis ojos se fueron tras de ti en el mismo momento en el que iluminaste aquel lugar. No sé cuanta gente revoloteaba aquel día entre faldas y vestidos de mil colores, pero tenía claro que no iba a perderte de vista. Llevaba tanto tiempo esperándote y, aunque aún no eras consciente, tú también a mí. Seguí tus pasos entre los percheros y, cuando parecía que te perdías entre la gente, tu luz me conducía de nuevo a ti. Tres veces estuve a punto de preguntarte tu nombre, pero al parecer, la facultad del habla también se había ido junto a mis ojos. ¡Aun no sé cuantos de mis sentidos se fueron tras de ti aquel día!Y entonces pasó. Ese volteo repentino me pilló por sorpresa y desarmado. Allí estabas tú, con un hermoso vestido marrón entre tus manos, mirándome a los ojos, y con esa media sonrisa que me derrumbó por completo. Y allí estaba yo, con la cámara entre mis manos y tu mirada hundida en mi alma. Dicen que el tiempo se detiene cuando conoces al amor de tu vida, pero yo creo que el tiempo simplemente quiere disfrutar de ese momento y, voluntariamente, avanza más pausado. Jamás olvidaré las primeras palabras que cruzamos. No se me ocurrió otra cosa que preguntarte: “¿nos conocemos?”, a lo que tú respondiste: “¿es una proposición?”. Yo sonreí como un tonto… pero tu sentido del humor me devolvió los sentidos que habían marchado tras de ti. Y con todas mis facultades de nuevo junto a mí, me dispuse a enamorarte como tú lo habías hecho esa tarde de invierno en aquel mágico lugar… sin tú saberlo, sin yo evitarlo.

Fue en una tarde de invierno vestida de primavera cuando mis pasos se empeñaron en conducirme a un lugar mágico y extraño. Y es que hay momentos en la vida en los que, sin saber muy bien porqué, la magia te envuelve y te traslada consigo a mundos que creías olvidados. Ese día ocurrió.

Se podría decir que aquella música juguetona que se columpiaba en el aire fue la principal causante de aquel inesperado viaje que estaba a punto de emprender… pero mentiría. Las risas de la gente llenaban el recinto y, más bien que un mercadillo de ropa vintage, aquello parecía una reunión de viejos amigos que hacía mucho tiempo que no se veían. Luego me di cuenta de que también se trataba de eso.

El local, cuidadosamente adornado para la ocasión, estaba tomado por cientos de hermosos vestidos de otras épocas, como si el tiempo se hubiera detenido en ellos. Estaban alineados de tal forma que los colores y matices de cada uno parecían fundirse con el de al lado, como si todos ellos fueran uno. Pero nada más lejos de la realidad. Cada falda, cada vestido, cada cinturón… eran diferentes entre si. La variedad reinante en el lugar sólo era superada por la simple belleza de su diseño y la elegancia de su entalle. Paseé mi mano por algunos de aquellos vestidos, con los ojos cerrados y la mente abierta. Era incapaz de elegir uno entre tantos,  e ingenuamente pensé que el tacto me ayudaría a encontrar aquella pieza deseada, pues, como dicen, el roce hace el cariño. Y, en efecto, así fue. Allí estaba, esperándome, colgado de aquella percha, aguardando ansioso que mis manos lo rescataran. Creo que el brillo de mis ojos cuando lo tomé iluminaron aún más aquel hermoso vestido que pronto sería mío, y entonces supe, sin ningún tipo de duda, que aquello sería el comienzo de una hermosa amistad.

Muy de vez en cuando, hay momentos mágicos en nuestra vida, aunque tu mente se niegue a creerlos. Momentos en los que la música nos cautiva el espíritu, dónde el aroma que nos envuelve y las sensaciones que nos desbordan el alma se confabulan para hacer de ese preciso instante un momento irrepetible e inolvidable. Suspiros que el tiempo nos deja para que podamos disfrutar por un instante, instantes que desearíamos que no terminaran jamás.

Ese fue uno de ellos.

(Gracias a Susana Bas y a todos aquellos que hacen posible esta maravillosa experiencia en forma de mercadillo vintage llamada ‘SusiSweetdress’).

 

– Te contaré una historia. Hace mucho tiempo, antes de que las nubes colgaran de la nada, y los rayos del sol tiñeran los cielos con sublimes tonos rojizos y rosados; antes de que el arco iris brotara de la tierra y pintara la bóveda celestial con un hermoso lienzo multicolor; antes de que las estrellas y los planetas siquiera comenzaran su andadura por el universo… los hombres podían volar. Se mezclaban con el viento y surcaban los cielos en busca de nuevos horizontes que les permitieran ser libres y así poder conseguir todo lo que deseaban.

– ¿Y por qué dejamos de hacerlo?- inquirió el niño con sus grandes ojos negros. La madre sonrió tiernamente y, mirando fijamente al cielo, como si ella misma hubiera sido testigo de aquellos días pasados, respondió:

– Los dioses nos castigaron porque quisimos volar demasiado alto y morar junto a ellos en los cielos.-  Su semblante cambió a medida que las palabras brotaban de sus labios.

– Y entonces, ¿dejamos de ser libres cuando dejamos de volar?- Ambos miraban al horizonte, observando el vuelo de aquella gaviota que planeaba  frente a ellos, como si esperara el turno para dar su opinión.

– No, hijo mío, únicamente dejamos de ser libres cuando dejamos de soñar. Los dioses nos quitaron las alas, pero nos permitieron seguir soñando con aquello que tanto anhelamos. Sólo así, y hasta el fin de los tiempos, podremos ser realmente libres.

-¿Aún me quieres?- le susurró suavemente al oído, mientras reclinaba su cabeza en uno de sus hombros. Su cálida voz se mezcló con el murmullo que el oleaje traía consigo.
-Sabes que sí. Casi tanto como hace cinco minutos. ¿Estás bien?
– Sí- respondió ella. – Sólo quería escucharlo una vez más.
Estuvieron un tiempo mirando al horizonte, sin saber muy bien lo que les aguardaba el mañana. Los colores que el ocaso les brindó esa tarde fueron concebidos para ellos, como regalo de su reciente unión. Él se giró sin soltarle la mano y, mirándola fijamente a los ojos, con esa mirada que tan solo aparece cuando el amor verdadero lo dispone, le dijo:
– Te quiero. Y si mil veces me lo preguntas, mil veces te contestaré: te quiero.- Su tono de voz jamás había sido tan firme. -¿Ves al sol esconderse tras el horizonte? Te prometo que se apagará antes de que yo deje de amarte.
– Los científicos afirman que algún día el sol se apagará- una leve sonrisa pícara iluminó el hermoso rostro de ella.
– Los científicos no saben que entonces seremos tú y yo los que brillaremos para siempre.
Y la mirada se volvió caricia, y la caricia se tornó en beso.
 
 

 
 

Puede que tú, Maldad, a menudo oscurezcas los más nobles anhelos y deseos del hombre,

que nubles sus pensamientos e intenciones más puros,

que apagues sus esperanzas y ahogues sus sueños;

pero, tan sólo detente un segundo y observa…

pues siempre me hallarás dibujada en la más pura y cándida sonrisa de un bebé,

poblando los sueños y esperanzas de los hombres

y evocando los más hermosos recuerdos de amor y paz a los ancianos.

Soy la Inocencia, y te prometo que más pronto que tarde, tu cuento se habrá acabado.

 
 
 

 
 
 

Quizá las palabras jamás expresen lo profundo de mi amor por ti,

ni nunca una mirada reflejará lo que significas en mi vida.

Puede que no existan caricias que demuestren

cómo mi corazón dibuja una sonrisa cuando te ve sonreír.

De momento me conformo con cobijarte entre mis brazos y,

mientras la luna y sus estrellas nos vigilan,

te cantaré al oído la más hermosa historia de amor,

aquella que iniciaste tú… aquella que jamás terminará.